¡Quería tortilla, me dieron bifes! 5/5 (4)

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Elementos - Adolfo Loyola

Un poco de historia personal, y la receta al final…

Cuando era pequeño, no existía nada que me hiciera más feliz que ir a visitar a la abuela Constanza y al abuelo Venceslao. La casa estaba ubicada en Lomas del Mirador a metros de la esquina de Olleros y Necochea (provincia de Buenos Aires, Argentina). La abuela Constanza, de nacionalidad Lituana y el abuelo Venceslao, Polaco.

Entrar en la casa de la abuela era entrar a otro mundo. Cuando me quedaba a dormir era fascinante. Por las tardes de verano me encantaba jugar en la terraza que estaba cubierta por un techo de parra que se llenaba de uvas, de las verdes, de las chiquitas.

Me invaden los recuerdos: en invierno los abuelos calentaban unos ladrillos que insertaban en unas bolsas de tela, los colocaban debajo de las cobijas para calentar la cama. El infaltable vermouth cinzano rosso, sobre la mesa de madera color verde en el alero de la casa que daba al fondo. El sifón de vidrio recubierto de aluminio. Las herramientas del abuelo con las que jugaba. La huerta infaltable. Los olores de la casa. El aroma penetrante de naftalina, en el ropero de la abuela. Un recuerdo especial: “la comida de la abuela”.

Cada vez que estábamos allá, la mesa se convertía en un banquete sin igual. Con el living ambientado a lo Lituano. Recuerdo varios escudos de madera lustrada que referían a Lituania y Polonia. Vaya a saber por qué los abuelos tenían como únicos adornos nacionales, dos cuadros del pintor Argentino Molina Campos (21 de agosto de 1891 – 16 de noviembre de 1959). Perdón, si había algo más… recuerdos de Necochea (Provincia de Buenos Aires)… les gustaba veranear en esa localidad.

Es tal el recuerdo que tengo de aquella casa y los abuelos que un día de casualidad vi la película de Silvester Stallone (F.I.S.T. – 1978), quien interpretó a Johnny Kovak, un camionero que lideraba al sindicato de transportistas en una huelga histórica. Stallone se enamora de una señorita Lituana. Una noche decide ir a buscarla a la casa. La madre lo hace pasar, se me puso la piel de gallina, el interior de la casa estaba ambientado como el de la abuela, no pude conmigo me largué a lagrimear.

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Recuerdos de mi abuelo Venceslao – Adolfo Loyola Photography

La abuela Constanza cocinaba como los dioses, todo natural, no recuerdo haber visto alguna vez en la casa una lata de conserva. Sacaba todo de la huerta que el abuelo Venceslao regenteaba dos veces por día. Una de las cosas más ricas que le pedía insistentemente a la abuela, era una increíble y majestuosa tortilla de papas. Cortadas milimétricamente, como si las midiese con una regla (Luego entendí que estaban ralladas a mano). Recuerdo que llevaba papas, huevos y vaya a saber que toque mágico. Realmente me enloquecía, me sentaba en la mesa de la cocina a espaldas de ella para verla cocinar, disfrutando el aroma.

Hacía mucho tiempo que no íbamos a visitar a los abuelos y eso me ponía de mal humor, me jorobaba la paciencia. Comencé a solicitarle a Don Adolfo Loyola el paseo tan esperado por mí. Nada, ni una palabra. Terriblemente agotado por los insistentes requerimientos y de que el “JEFE” no atendiera los reclamos, cajoneando mis solicitudes, es que decido tomar cartas en el asunto.

Abrí mi alcancía (hucha) al mejor estilo Harry Houdini (gran ilusionista de todos los tiempos – 24 de marzo 1874 – 31 de octubre 1926), logrando así sacar las monedas y billetes, que fueron cuidadosamente guardadas en el bolsillo externo de la valija color marrón que llevaba a la escuela. Antes de dormir planifique el gran escape. Pensé: cuando viajamos en colectivo tomamos la línea 174, que va a Liniers. Bajamos en la fábrica de coca cola en San Justo. Allí tomamos la línea 49 que va a Primera Junta (caballito) y bajamos en la esquina. Entonces use mi sentido común: si viajamos así…por que no podría hacerlo solo. Estar en sexto grado de la escuela primaria… ¿era impedimento alguno? ¡NO!

Al salir de clases, no subí al micro de “Katy” que me dejaba en casa de lunes a viernes. No, subí al colectivo de la línea 174 y luego al colectivo de línea 49, me bajé en la esquina. Toque timbre.

La abuela se sorprendió al verme con guardapolvo y valija:

  • ¿Qué haces acá? ¿Estás solo? ¿Cómo llegaste?
  •  Papa me dejó. Vine en colectivo. Vine a comer tortilla.

Fue el mejor almuerzo de mi infancia. Toda la tortilla para mí solo, con soda y un chorrito de vermouth que el abuelo me concedió. La gloria. Almuerzo, tortilla, soda, vermouth, los abuelos… que más podía pedir en la vida. Pero como dice la canción de Vox Dei, “todo tiene un final, todo termina”. Eran alrededor de las quince treinta horas, tocaron la puerta.

El micro de “Katy” paso por casa y la celadora informó como corresponde que “Adolfito” no había subido al micro. Don Adolfo Loyola entro en lógico pánico. Su hijo Adolfito había desaparecido. Don Adolfo Loyola fue a la escuela, al club del barrio, a la casa de los compañeritos más cercanos, a la sala de primeros auxilios “Puerto Argentino” (a solo dos cuadras de la escuela Etchegaray), llamó al hospital de Ezeiza y termino en la comisaría 9° de Ciudad Evita, donde le informaron que debía buscar en la casa de algún familiar cercano… ¿Dónde? La casa de los abuelos…

Al abrir la puerta Don Adolfo Loyola entró furioso, la abuela le dió la noticia. Entró a la cocina interrumpiendo mi placentera tarde y lo más importante mi divina digestión.

  •  ¿Qué haces acá?
  •   vine a comer tortilla.

Por su rostro sabía que el castigo iba más allá de lo común, pero, estando los abuelos, estaba bien a salvo. Atrás de Don Adolfo Loyola, entró Don Santos (un vecino lindero a la casa), de esa manera sabía que el regreso seria satisfactorio. El único problema era una vez “in-situ”, la cosa iba a tornarse complicada. Nos subimos al Torino Cuppe color violeta y regresamos. Una vez en casa comenzó el vía crucis:

  • ¿Querías tortilla?…

Así comenzaron a llegar los bifes, no había forma de esquivarlos. Todos llegaban a buen puerto, mi rostro. Mientras me comía uno tras otro, calladito y en silencio, reconozco que ya estaba lleno (estomago completo – risas). La mano justiciera me solicita que jure no volver a cometer semejante locura, o sea, “mi gran escape”.

Mientras recibía los últimos bifes, coloqué mis manitos detrás de mí cintura y “crucé los dedos”, mientras repetía: “lo juro”…

Resumiendo y entre nosotros…”si pude una vez”… ¿Por qué no una segunda? (risas)

La segunda parte en otro capítulo…

Ahora bien, con respecto a la tortilla de la abuela, puedo citar que es una preparación Lituana por excelencia. Se consume en los desayunos, almuerzos y cenas. Cabe destacar, que también se prepara en distintas regiones geográficas lindantes. ¿Los métodos?… Son variables, no solo a la plancha o sartén, también al horno, en cazuelas y con el agregado de otros ingredientes que la hacen tan o más rica aún.

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Un simple huevo – Adolfo Loyola Photography

RECETA:

Para prepararla solo basta papa cruda rallada, huevos, sal y pimienta. ¿Cantidades? Podría animarme a decir que un huevo cada cien gramos de papa, está perfecto. Caliento una sartén de unos 15 cm de diámetro, agrego aceite y la llevo al fuego humeante. Agrego la preparación a cucharadas (Debe quedar bien finita) salteo vuelta y vuelta. ¿Algo más? Si, suelo agregarle por encima cebolla blanca en fina juliana, salteada a fuego bajo en manteca y aceite neutro, hasta que toma color amarronado y se vuelve una exquisitez de dulzura.

Dato: suelo preparar unas 24 unidades. Las primeras 20 las comemos con el Pipa, mi hijo, y las cuatro restantes van a la heladera para el desayuno.

¡Glorioso!

Saludos a todos.

 Adolfo Loyola, trabajador de cocina y sacador de fotos profesional.

¡Hasta pronto!

vinum731

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4 Comentarios

  1. Adolfo, gracias, por transportarnos a ese entorno familiar y llevarnos, de forma tan exquisita, a un enclave en el que el hecho de «hacer locuras» no es sino… ¡una travesura por querer yantar en condiciones! Nos haces oler esos fogones tradicionales…
    Y ¡gracias por tu receta! Si quieres, a tu GRAN receta le podemos poner una guinda de mi cosecha… jajajaja Si preparas una cebolla y le añades vino tinto (si es dulce mejor y buena calidad de vino) lo dejas pochar a fuego medio-lento… y se la añades a la hora de comer la tortilla. También, en lugar de vino, la pochas y cuando esté pochada, le añades un poco de azúcar o fructosa, la dejas que tome el colorcito marrón y ¡ya tá! jajajaa.
    Aunque lo bueno es comerla de la forma tradicional de tu abuela, que pienso hacer tu receta, porque debe estar para chuparse los dedos.
    Nos has retransmitido, como el que retransmite un partido de fútbol, tu vivencia y nos has hecho sentir ese momento. Gracias.

    • Verdadero relato con toques de humor que te transporta y te hace disfrutar de su lectura. Me he regocijado mucho leyendo este artículo de Adolfo Loyola.
      Hay algo que no podemos pasar por alto y es las bellísimas fotografías realizadas por Adolfo.?

  2. Estimada Manuela, que puedo decir, más que darte las gracias por tan gentiles palabras. «Hacer locuras»… Desde que tengo uso de razón hago locuras, algo que jamás podré quitar de mi esencia. Gracias por el dato de la guindilla es excelente y el dato del vino… La gloria.
    Un cariño grande para tí, simplemente, Adolfo.

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