El silencio 5/5 (4)

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Dibujo de Tonalli Melo-Salvador
Dibujo de Tonalli Melo Salvador

El silencio. Estaba aprendiendo el silencio. Para un monologuista profesional como yo, el silencio era la antítesis de su adjunto genético actoral. Si no, sería mimo. Y no lo era. Era monologuista. ¡Qué contradicción!

El silencio propone y el callado dispone. Al principio, el mutis costaba respetarlo. No se dejaba moldear, no era maleable, solo se deseaba por imperativo. Un imperativo impuesto por la cruda realidad del comer y la factura impagada a fin de mes, del arguellau con ganas de arreciar, pero finito en su talle, que necesitaba alimento. Vamos, la jodienda de siempre.

Mi nuevo trabajo precisaba silencio absoluto, una herramienta imprescindible sin la cual el esfuerzo resultaba baldío, como una hermosa pecera sin peces. Aparentemente, la dificultad no parecía tal. Con no hablar, con no despegar los labios, dicho cometido estaba resuelto. Pero como he dicho, era monologuista profesional. Y además, en este caso, vocacional. Las palabras son mi arcilla. No su opuesto.

Como en todo, el entrenamiento era fundamental. Practicaba en casa, con mis amigos, incluso por teléfono. Practicaba en la calle, en la ducha (ahí era más sencillo), hasta con los cuerpos de seguridad del estado, lo cual me conllevó un día en un puesto de control una multa por desacato a la autoridad. Afinaba mi destreza tanto como podía, porque la virtud está en la pericia, y la pericia puesta en funcionamiento es la base del éxito. Me marqué a fuego eso que me decía mi abuelo de oír, ver y callar. Entrené tanto que adelgacé.

Cuando domesticas el silencio, el silencio puede ser tu amigo. Un amigo fiel que casi nunca traiciona porque sabe guardar un secreto. Un amigo compañero. Un amigo observador. Un amigo reflexivo. Un amigo aburrido que, como sin sombra, no tiene eco.

Y así fui pasando los días, los meses, creo que una vida entera pagando en esclavitud de tiempo una deuda no condonada y condenada a un paladar homeostático de rutina y discreción.

Con el paso de los eones me convertí en silencio. Primero como volumen, después como plano, después como línea, y finalmente como un punto que, a base de acumular masa, terminó por explotar en forma de Big Bang.

¡Mierda! Exclamé un día agónicamente en un momento dado. Ocho años llevaba sin pronunciar una palabra. Cansado, tocado y hundido, mis fuerzas se habían agotado de tanta concentración y parálisis.

¡Mierda no, despedido! Se oyó una voz desconocida que emergió de un lugar indefinido y abstracto.
Una enorme cadena se rompió soltando a mi libertad, acompañada del hambre. Igualito pasmao que dos hermanos vitivilinos. Y es que ya se sabe que como cualquier cosa en la vida, todo, todo, tiene un precio.

vinum731

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2 Comentarios

  1. Muchas gracias Lia. Me alegro mucho que te gustara. ¿Y por qué te gustó? Siempre es interesante conocer el por qué de los demás… Feliz día.

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